El último cliente sale con una pizza congelada bajo el brazo, y se desplaza con tranquilidad por la calle negra. Joyas de humedad adornan el sendero de las últimas criaturas que van retirándose a sus celdas. Teniendo la novia lejos es normal que esté caliente en todo momento, pienso. Cuando voy a verla, no vuelvo más relajado sino peor, que me subo por las paredes y me restriego por las esquinas. Fantaseo durante el trabajo con metérsela en el culo a la checa (tendrías que ver qué culo) y a la china en la boca, fantaseo en mis paseos, fantaseo en la cama por la noche y por la mañana. Las fantasías vienen a mí, tanto que hay otro yo, el yo imaginario, que es tan real como ilusión es la realidad. El otro día, al tomarme mi descanso de cinco minutillos para salir a fumar, vi a una con vaqueros ajustados, botas altas, y… de cintura para arriba solo recuerdo un teléfono móvil en su mano. Una cara muy mona también. Le bajé los vaqueros hasta las botas, más no se podía, cogí las tijeras y los corté por medio, cada pierna de pantalón se quedó envolviendo una bota. Felina ella a cuatro patas, le pasé las tijeras suavemente por entre sus muslos largos y tersos, tocando el fino segmento celeste de sus braguitas que ocultaba su beso más caliente, y temí, te lo juro que temí que el instrumento de metal fuera a derretirse sobre mis manos como en algún cuadro de Dalí. Después jugueteé con mi dedo por allí, eché la tela a un lado y se la metí. Y si hubiera sido verdad me habría corrido nada más sentir su interior envolviendo a mi capullo, de eso estoy seguro, o si no, me habría quedado paralizado, con terror a moverme hacia delante o hacia tras, a embestir, a meterla más al fondo, por temor a que un big bang de amor en su coño fuera el fin de un sueño.

Terminé el cigarrillo y volví adentro. Qué obsceno y vulgar es el trabajo, me digo, qué puta soy.

Aquello salió así, como los espasmos de un budista haciendo el amor con el (espíritu del) río que fluye siempre frío. Incluye rimas y metáforas, busque en su interior.

Estas son horas prohibidas para la escritura, pero siempre han sido para mí las más atractivas. Según El Horario, he de cambiar hábitos. Pero cuando salí de aquel lugar con la pizza bajo el brazo, estaba escribiendo líneas silenciosas en el aire, a cerca de mi saliendo de un supermercado con una pizza, y luego no recuerdo como continuaba. Por eso vine aquí, a ver si me acordaba. No me acuerdo. Aquellas líneas, como tantas, se quedaron invisibles flotando en el aire, seguramente se congelen, porque con este frío ya me dirás, pero ya las adoptará alguien a quien le salga el amor por los poros de la piel, que al pasar se descongelen… Pero lo más seguro es que sigan por ahí flotando y al final acaben muertas de nostalgia o de un Ataque de Esperpento cuando lleguen a alguna calle con adornos de Navidad.